Dicen que el amor mueve montañas y así lo creo.

El amor a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestros amigos,… Es capaz de movilizarnos hasta límites insospechados y empujarnos a hacer cosas  inimaginables.

Pero lamento decir que, aún así, el amor en sí mismo no es suficiente.

No se trata de cuanto queramos a la otra persona, sino de lo bien o lo mal que lo hagamos.

Me gusta preguntar a parejas que llevan mucho tiempo juntas por cuál piensan que ha sido el éxito de su relación.

He escuchado muchas versiones, pero si tuviera que sintetizar una fórmula popular ésta sería “querernos y respetarnos”. Estoy segura que también la habrán escuchado en muchas ocasiones. “¿Y ésto es?”, “¿ya está?” se preguntarán algunos. Pues sí, al menos a mi parecer.

Algo tan sencillo en apariencia y tan complicado de alcanzar. El respeto al otro (a tu pareja, a tus hijos,…) implica una dosis extraordinaria de aceptación.

Aceptar a la otra persona tal y como es, de la misma forma que esperamos que ésta nos acepte a nosotros con nuestras virtudes y nuestros defectos, con nuestra familia, nuestra historia y nuestro presente.

El permiso de ser en pareja como somos realmente pasa por dejar al otro ser como  es realmente (no como a nosotros nos gustaría que fuera).

Con ésto no hablo de resignación, no! La resignación supone no tener la libertad para elegir si me quedo o me voy. En este caso generalmente te quedas, pero con el reproche y la insatisfacción como compañeros de fatiga.

La aceptación es el fruto de un intenso, y probablemente doloroso, ejercicio de conocimiento y reconciliación personal. Unas veces en forma de terapia otras no.

Si ésto ocurre estarás preparado para querer bien, sin deudas emocionales, sin culpables, sin condiciones.