Son muy conocidas las crisis de los 40, de los 50 e incluso la de la adolescencia, pero lo cierto es que cada vez veo más en consulta a personas que, por un motivo u otro, aterrizan en sesión en torno a los 30.

Al hilo de ésto, siempre me vienen a la cabeza las palabras de un antiguo profesor que simbólicamente se refería a ésta como “la edad de Cristo” (los 33, 31, 36, 29,…).

Unos años convulsos en los que toca dejar atrás ciertas comodidades  para dejar paso a nuevas conquistas.

La consolidación de una relación de pareja, la paternidad, el trabajo,  un cambio de destino o una ruptura pueden convertirse en el detonante de esta crisis.

Pueden hacernos tambalear nuestros cimientos, para cuestionarnos quiénes somos realmente y qué queremos hacer con nuestra vida.

Un “paso a la adultez” doloroso la mayoría de las veces, a la vez que necesario para evolucionar en pos de nuestra propia vida.

Rebelarnos contra nosotros mismos para dejar de ser quién nos dijeron ser y descubrir quiénes somos realmente y cómo queremos vivir.

Despojarnos del disfraz del “buen hijo” para mostrarnos “sin trampa ni cartón”.

No es fácil y, en mi experiencia profesional, nuestro “descubrir” no es gratuito.

Corremos el riesgo de dejar atrás antiguas relaciones.

Puede ser que  nuestro “resurgir” ya no guste tanto a quienes nos rodean y algunas relaciones comiencen a perder sentido.

Otras personas quedarán.

No me atrevo a afirmar tajantemente que lo harán aquellas que merecen más la pena pero sí, al menos, las que aceptan nuestro crecimiento y siguen reconociéndonos a pesar de la metamorfosis.

Como la oruga que se transforma en mariposa, lo que se anticipa como el final termina convirtiéndose sólo en el principio.