Has tenido alguna vez la sensación de dolerte tanto los pies que sólo piensas en cuando vas a llegar de una vez a casa y poder quitarte los zapatos?

Para mí, se convierte una sensación tan incómoda que no te deja pensar en otra cosa. Tampoco disfrutar de lo que estás haciendo (al menos no del todo) ni tampoco resultar atractivo (que imagino que es de lo que se trataba) con ese andar tan extraño y artificioso.

Pues bien, considero que algo muy, pero que muy parecido ocurre cuando intentamos ser quién no somos.

Me refiero a cuando nos esforzamos por intentar hacer lo que quieren los demás o, al menos, lo que creemos que quieren.

La cuestión es ¿y qué quieren los demás?. ¿Y quiénes son esos «los demás»?. Y, en el casos que esos «los demás» no sea uno sólo («el demás») sino unos cuantos la cosa se complica porque ¿estarán todos de acuerdo en lo que quieren de esa persona o cada uno esperará algo diferente?

Puf… vaya complicación satisfacer a todos, no?. Así visto parece que nos harían falta varias vidas para agradarlos …

Y hablando de agradar… ¿y nosotros qué?, ¿dónde queda agradarnos a nosotros?, ¿qué hay que hacer para conseguirlo?.

Con frecuencia he escuchado como ésta actitud es tildada de egoísta, (tanto por la propia persona que se la plantea como por el espectador). La persona puede llegar a vivirla con cierta ambivalencia. Por una parte, experimentando cierta atracción ante la idea de hacer lo que uno quiere (al fin!!!!) y cierto sentimiento de culpa por osar siquiera a planteárselo. Los espectadores, por su parte, pueden llegar a sentir cierto abismo ante la perspectiva de no sentirse recogidos por esta persona, tal y como están acostumbrados.

Pues bien, considero que el hecho de vivir nuestra propia vida y elegir cómo hacerlo no sólo se trata de un derecho, sino de una obligación!

En la vida (como en los videojuegos) a todos se nos da una única vida, una única oportunidad. ¿Por qué cederla a otro?, ¿por qué vivirla sólo a medias?

Me planteo cuán injusto no será para nosotros mismos permitirnos que alguien nos la usurpe (imagino que, porque a su vez, alguien también se la usurparía a esta persona y así sucesivamente…).

Seguramente temamos que el precio a pagar sea el reproche y la desaprobación de quien nos rodea. Aunque no en pocas ocasiones he presenciado cómo éstos no resultaron ser tan dramáticos como se auguraba.

Así que venga, atrévete, coge tus zapatos favoritos, cálzatelos y sigue el camino de las baldosas amarillas.