Por suerte o por desgracia, todos en algún momento de nuestra vida hemos experimentado ansiedad.

Creo que todos estaríamos de acuerdo en afirmar que no es una emoción agradable y, puestos a elegir, preferiríamos no volver a experimentarla nunca más.

Pero lo cierto es que no podemos negar su utilidad al ser humano. «¿Ah si? ¿y cuál es?» se preguntarán algunos.

Bien, partamos de la base de que todo aquello que se hereda de generación en generación es porque es útil para nuestra supervivencia (el vello corporal, los dedos de las manos, los estornudos, el sueño,…). «La naturaleza es sabia«, ya se sabe…

Imagino que quién haya experimentado alguna vez en su vida un ataque de ansiedad o pánico, pueda estar poniendo ahora mismo ésto en entredicho, pero como en todo, es cuestión de grados.

Me pregunto qué sucedería si nunca hubiéramos experimentado ansiedad ante un examen o la entrega de un trabajo. Probablemente, éste nunca hubiera llegado a realizarse o, en su caso, nuestro nivel de ejecución podría ser mejorable.

Lo mismo sucede con otras emociones de las llamadas «negativas», como el miedo. ¿Qué pasaría si pasaría si nunca lo hubiésemos experimentado?. Quizás nos imaginamos viviendo en un paraíso de comodidad y diversión. Pero pensar ahora en un niño pequeño que no tuviera miedo. O en nosotros mismos, que desconociéramos por completo lo que es sentir miedo pero tuviéramos, cada día, que cruzar pasos de peatones, conducir, relacionarnos,… ¿Qué pasaría entonces?. Pues, con mucha probabilidad, no acabaríamos el día.

La ansiedad y el miedo nos ayudan a vivir. Nos permiten hacer un balance entre la situación y nuestros recursos para hacerle frente. En el caso en que exista un buen equilibrio entre ambas, sentiremos cierta motivación y empuje a actuar. Lo desagradable viene cuando, de alguna manera, «valoramos» que la situación sobrepasa los recursos de los que disponemos para hacerle frente.

Cuando hablo de este tema, me gusta poner el ejemplo de un hombre de la prehistoria (un cazador) ante quién de repente aparece un fiero tigre. Obviamente si a este cazador no se le hubiera activado la respuesta de alerta en esta circunstancia, que le hubiese permitido a su vez salir corriendo o subirse a un árbol, todos podemos imaginarnos su trágico final. Ésto ya lo señalaba Darwin con su teoría de la Selección Natural. Sólo aquél que se subió al árbol o salió corriendo en dirección contraria salvaba su vida, regresaba a su cueva y, finalmente, se perpetuaba en forma de nuestros antepasados. Con lo cual, ahora ya sí que creo que todos podríamos estar de acuerdo con tal afirmación.

Ahora bien, ¿es nuestra ansiedad actual parecida a ésta?, ¿cuáles son nuestros tigres en la actualidad?.

A nivel orgánico podríamos afirmar que, como emoción, desencadena los mismos procesos de paso a la acción. Aunque, en la actualidad, «los tigres» pueden no ser tan tangibles como entonces.

En la sociedad actual nos enfrentamos a muy diversos y fieros «tigres» a los que hemos de ponerles cara.

En ocasiones, el tigre más fiero somos nosotros mismos.