Son muchas las madres (fundamentalmente) quienes, preocupadas, llaman para pedir cita para sus hijos.

Hijos que se hacen cortes, que no obedecen, que se niegan a asistir al colegio o al instituto, que gritan, que se encierran en su habitación

Suelen sorprenderse cuando propongo a todos los miembros de la familia que acudan a la sesión. «¿Para qué?» suelen preguntar, «si el problema lo tiene el niño».

Nada más lejos de la realidad… Los niños son sólo el altavoz de la familia. El reflejo de que algo está sucediendo. La expresión del malestar familiar.

Niños que, aún más movidos por las emociones que por las argumentaciones, expresan lo que, en muchas ocasiones, la familia no es capaz de hacer.

Esta expresión no es siempre cristalina, más bien diría que todo lo contrario.

En muchas ocasiones he presenciado cómo la queja de los padres se posa en que su hijo se niega a ir al colegio o al instituto, cuando en realidad éste (sin ser demasiado consciente de ello o, más bien,  sin serlo en absoluto) necesita quedarse en casa al cuidado de mamá o de papá. Entiendánme bien cuando me refiero al cuidado de mamá o de papá, me refiero a que es el menor quién les cuida, no al revés.

Cuantas otras veces he visto a un hijo explotando en síntomas ante la conflictiva relación de sus padres o su temida separación, en un acto de autoplocamarse como problema, en un intento de aunar forzosamente la mirada de sus padres.

También he presenciado la rebelión del hasta ahora «buen hijo» ante una tragedia familiar quizás, como la única forma posible de sacar a sus padres de la letanía y la desolación de la pérdida.

He de reconocer mi creciente atracción por el trabajo con las familias y mi profunda conexión con estos hijos, capaces de inmolarse en un intento desesperado de salvar a sus familias del sufrimiento y la desesperación.

El terapeuta ha de saber ver y ayudar a comprender.